miércoles, 27 de febrero de 2008

Aliado a la metamorfosis
















Eran bellas esas noches que ignoraban la estupidez del día y la inmortalidad del sol. Siempre con abrigos desinflables, con chalina y perfume decorado a los ambientes espesos.
Haragán hasta el cuello, pocas veces me entregaba fácilmente al ruido, prefería ser uno más de los colgados en sus increíbles utopías. Era así, ni más ni menos, surfeaba a lo lindo en esa adolescencia al borde de la caída, lleno de infancia en la cara…
Los monigotes del barrio se asustaban a la hora de saludar, se creían que un par de mocosos individualistas podían causarles daño. Nada importaba, los detalles eran parte de la imagen ajena, los pelos al aire, la sonrisa estampada para mostrar el estado, y el miedo interno no se exponía, siempre guardado en lo más profundo del alma.
Largas e interminables seducciones se asomaban en las calles de los recuerdos perfectos. Aliado a la metamorfosis, desencajado y reciclando hojas secas que amoldaban la historia de los estrategas del incendio.
Comer rápido, salir sin pensar, enfrentarse a los nuevos campos de batallas sin palabras, pero llenos de semillas de costillas quebradas, que se doblaban por el solo hecho de recoger un chiste absurdo y ligero. Que pasado tan bello, que tardes soleadas y enamoradas de los rocíos que masajeaban la presencia.
El paisaje de las cuadras ajenas me seducía tanto, que era capaz de saludar a un ciego sin que se me escapara la vista.
Perfección de sonidos, parlantes que agitaban mis sueños, miradas tan espantosas que cotizaban mi alma a la oscuridad. Todo, era todo, hasta los defectos caían sin sobresaltos.
Salado, dulce, agrio, ácido... gustos que saboreaba en cada acontecimiento que se presentaba. Piernas perfectas, besos finales, suavidades vestidas de piel, tragos que chupaban mi garganta, anillos de humos que desencajaban a mis ojos de sangre...Que buenos ruidos, que apasionados ruidos...
Tengo tantos carnavales que amaron a mi rostro, que hoy no sé que hago con la careta en mis manos. Fotos, carteles callejeros, mentiras llenas de verdades, recuerdos claros, pasado luminoso, sin venganzas ni odios por comprar.
Que cambio voraz, que dolor tan sensorial, que días raros, oscuros, desalineados. Cuantos versos llenos de nostalgias...que lágrima compleja y espesa...que corazón repleto de amor y melancolía.
Porqué será que los años no paran de refugiarse en las novelas del ayer, porqué será que no me acostumbro a llevar esa cruz que me arruinó el camino…

Descansa, mañana será otro día...



Mariano (el mito de Said)

jueves, 7 de febrero de 2008

Sumergidos en el fin del adiós



...Despegarse del cielo y saber sentir el sueño en lágrimas; matar el fuego, amante de las cenizas del encanto...

Demasiado ajustado corre el deseo en esta aventura imaginativa, cómo el ruido de las almas perdidas.
Gritando, un ave pide camino, lleva a su pichón al delirio; se enfrentó con el aire, sopló, y volvió a suspirar. Contando sus carcajadas, se vio envuelto en un sol desesperado y sus dientes se abrazaron a los silbidos, que pedían en un grito: ¡¡Espacio, espacio!! Luego cayó, y la tierra lo sumergió.
Un espeso barro los guió, las flores desde un costado sentían el temblor, su aroma, cómo sus pétalos, dijeron adiós. La noche bailó en el entierro, danzó con un cielo abierto al espejismo, donde la sombra se fugó por miedo a perder su figura.
El vuelo se transformó en silencio, el espíritu cesó, y fue al revuelo del espanto, donde nunca más durmió.

“¡¡Satán, Satán!! Infierno de hogueras en llamas, tu canto no viene en códigos de ternura, no lleves la distancia a un desvío peligroso”.

Sólo prohibió la entrada y golpeó sin horas, por temor de perder el tiempo. Endulzó y luego saboreó, probó y luego robó; actuó sin creer que el llanto iba a ser de sudor.
Sin vivir, convirtió al animal en hombre, para dejar en claro su oscura postura. La rebeldía saltó, desapareció y enferma de tantas vueltas, comenzó a desatinar su pasado de rabia, que sólo era un bostezo de caras borradas.
Siguió al futuro, enamorado del destino, por las sorpresas que le regala en cada rincón del paraíso; y volvió a ver un cielo despejado, con nubes sin sentido, ni olvidos, pero sorprendidas por el nuevo camino.

El esclavo alucinó, y salió en busca de nuevos castigos: “¡¡Ya no son de dolor!!” exclamó, enfrentando una nueva visión, que contenga al lastimado corazón.
“¿Desparramar el combinado veneno o penetrarlo en mi sien?” Fue la pregunta que definió el albedrío.

Sólo pudo contener una vida, de lástima y fervor. Ver, fue el fin del querer.
Rara y risueña costumbre de dormir en crueles laureles, empeñado en atrapar y resistir el despegue. ¿Qué será de esta pendiente?

Sólo respetó la caída, luego asumió la derrota, y sin penas, volvió a llenar otra copa.






Mariano (el mito de Said)