
Eran bellas esas noches que ignoraban la estupidez del día y la inmortalidad del sol. Siempre con abrigos desinflables, con chalina y perfume decorado a los ambientes espesos.
Haragán hasta el cuello, pocas veces me entregaba fácilmente al ruido, prefería ser uno más de los colgados en sus increíbles utopías. Era así, ni más ni menos, surfeaba a lo lindo en esa adolescencia al borde de la caída, lleno de infancia en la cara…
Los monigotes del barrio se asustaban a la hora de saludar, se creían que un par de mocosos individualistas podían causarles daño. Nada importaba, los detalles eran parte de la imagen ajena, los pelos al aire, la sonrisa estampada para mostrar el estado, y el miedo interno no se exponía, siempre guardado en lo más profundo del alma.
Largas e interminables seducciones se asomaban en las calles de los recuerdos perfectos. Aliado a la metamorfosis, desencajado y reciclando hojas secas que amoldaban la historia de los estrategas del incendio.
Comer rápido, salir sin pensar, enfrentarse a los nuevos campos de batallas sin palabras, pero llenos de semillas de costillas quebradas, que se doblaban por el solo hecho de recoger un chiste absurdo y ligero. Que pasado tan bello, que tardes soleadas y enamoradas de los rocíos que masajeaban la presencia.
El paisaje de las cuadras ajenas me seducía tanto, que era capaz de saludar a un ciego sin que se me escapara la vista.
Perfección de sonidos, parlantes que agitaban mis sueños, miradas tan espantosas que cotizaban mi alma a la oscuridad. Todo, era todo, hasta los defectos caían sin sobresaltos.
Salado, dulce, agrio, ácido... gustos que saboreaba en cada acontecimiento que se presentaba. Piernas perfectas, besos finales, suavidades vestidas de piel, tragos que chupaban mi garganta, anillos de humos que desencajaban a mis ojos de sangre...Que buenos ruidos, que apasionados ruidos...
Tengo tantos carnavales que amaron a mi rostro, que hoy no sé que hago con la careta en mis manos. Fotos, carteles callejeros, mentiras llenas de verdades, recuerdos claros, pasado luminoso, sin venganzas ni odios por comprar.
Que cambio voraz, que dolor tan sensorial, que días raros, oscuros, desalineados. Cuantos versos llenos de nostalgias...que lágrima compleja y espesa...que corazón repleto de amor y melancolía.
Porqué será que los años no paran de refugiarse en las novelas del ayer, porqué será que no me acostumbro a llevar esa cruz que me arruinó el camino…
Descansa, mañana será otro día...
Haragán hasta el cuello, pocas veces me entregaba fácilmente al ruido, prefería ser uno más de los colgados en sus increíbles utopías. Era así, ni más ni menos, surfeaba a lo lindo en esa adolescencia al borde de la caída, lleno de infancia en la cara…
Los monigotes del barrio se asustaban a la hora de saludar, se creían que un par de mocosos individualistas podían causarles daño. Nada importaba, los detalles eran parte de la imagen ajena, los pelos al aire, la sonrisa estampada para mostrar el estado, y el miedo interno no se exponía, siempre guardado en lo más profundo del alma.
Largas e interminables seducciones se asomaban en las calles de los recuerdos perfectos. Aliado a la metamorfosis, desencajado y reciclando hojas secas que amoldaban la historia de los estrategas del incendio.
Comer rápido, salir sin pensar, enfrentarse a los nuevos campos de batallas sin palabras, pero llenos de semillas de costillas quebradas, que se doblaban por el solo hecho de recoger un chiste absurdo y ligero. Que pasado tan bello, que tardes soleadas y enamoradas de los rocíos que masajeaban la presencia.
El paisaje de las cuadras ajenas me seducía tanto, que era capaz de saludar a un ciego sin que se me escapara la vista.
Perfección de sonidos, parlantes que agitaban mis sueños, miradas tan espantosas que cotizaban mi alma a la oscuridad. Todo, era todo, hasta los defectos caían sin sobresaltos.
Salado, dulce, agrio, ácido... gustos que saboreaba en cada acontecimiento que se presentaba. Piernas perfectas, besos finales, suavidades vestidas de piel, tragos que chupaban mi garganta, anillos de humos que desencajaban a mis ojos de sangre...Que buenos ruidos, que apasionados ruidos...
Tengo tantos carnavales que amaron a mi rostro, que hoy no sé que hago con la careta en mis manos. Fotos, carteles callejeros, mentiras llenas de verdades, recuerdos claros, pasado luminoso, sin venganzas ni odios por comprar.
Que cambio voraz, que dolor tan sensorial, que días raros, oscuros, desalineados. Cuantos versos llenos de nostalgias...que lágrima compleja y espesa...que corazón repleto de amor y melancolía.
Porqué será que los años no paran de refugiarse en las novelas del ayer, porqué será que no me acostumbro a llevar esa cruz que me arruinó el camino…
Descansa, mañana será otro día...
Mariano (el mito de Said)