
Podría ver todas las cosas con un solo ojo, podría decir muchas veces que estoy al borde de los otros, y pensar que sólo soy un estorbo, que no quiere salir sin observar sombras, físicos y molinos de silencio.
Me lastiman la cabeza los sépticos que disfrutan de mi conciencia, trago y trago duros recuerdos, que son parte del juego. Es simple, hoy me retiro del viaje y mañana vuelvo a contagiarme.
El sol de mi tierra es demasiado pesado, sus rayos de luz son tan tristes, que envejecen mi rostro como piel de tortuga, y ni hablar si mi voz se calla, me creo un director de orquesta queriendo movilizar los instrumentos con las manos, y al sentir el sonido de la melodía lo implanto como algo mío...¡¡Pero no!! Todo sigue siendo un dulce deseo. Y me alejo, me alejo, me alejo...
De estas novedades que no anuncian, de esos “rosarios” que siguen lejos, de las frases que dan vueltas y escupen palabras, de los tipos necios que se convierten en profetas, de esas pibas que pervierten la inocencia y de mis miserias que lastiman mi bocado.
Miro a todos lados, veo como las calles se derriten y la selva de los mortales se está derrumbando. Insisto en buscar el otro ojo, ese que está en el centro de la frente y mira todo de una manera fija, tan fija que se limita solo a disparar uñas filosas y delicadas, esperando poder pintar un paisaje de soledad colectiva.
Me lastiman la cabeza los sépticos que disfrutan de mi conciencia, trago y trago duros recuerdos, que son parte del juego. Es simple, hoy me retiro del viaje y mañana vuelvo a contagiarme.
El sol de mi tierra es demasiado pesado, sus rayos de luz son tan tristes, que envejecen mi rostro como piel de tortuga, y ni hablar si mi voz se calla, me creo un director de orquesta queriendo movilizar los instrumentos con las manos, y al sentir el sonido de la melodía lo implanto como algo mío...¡¡Pero no!! Todo sigue siendo un dulce deseo. Y me alejo, me alejo, me alejo...
De estas novedades que no anuncian, de esos “rosarios” que siguen lejos, de las frases que dan vueltas y escupen palabras, de los tipos necios que se convierten en profetas, de esas pibas que pervierten la inocencia y de mis miserias que lastiman mi bocado.
Miro a todos lados, veo como las calles se derriten y la selva de los mortales se está derrumbando. Insisto en buscar el otro ojo, ese que está en el centro de la frente y mira todo de una manera fija, tan fija que se limita solo a disparar uñas filosas y delicadas, esperando poder pintar un paisaje de soledad colectiva.
Señores reyes, se pide clemencia por ésta conmovida fuga de espejismos, sólo se desea un poco de aire que refresque este aluvión, que tortura las costillas y no deja gozar ni un segundo de vida. ¿Es mucho pedir?
(A pesar de las ruinas que muestra esta tragedia, silencioso aparecerá el llanto de las niñas que sufren el atardecer. Se cansan de ser atendidas por gritos, y sufren tanto, que no tienen consuelo ni en los brazos del fuego).
(A pesar de las ruinas que muestra esta tragedia, silencioso aparecerá el llanto de las niñas que sufren el atardecer. Se cansan de ser atendidas por gritos, y sufren tanto, que no tienen consuelo ni en los brazos del fuego).
Mariano (el mito de Said)